Escuchar también es aprender



Algo que he notado en mis prácticas y también en mi propia experiencia como estudiante, es que en muchas aulas se espera que el cuerpo esté quieto, casi inmóvil, como si moverse fuera sinónimo de no aprender. Pero… ¿y si fuera todo lo contrario? ¿Y si el cuerpo también tuviera algo que decir, que expresar, que enseñar?

Desde que me acerqué a la psicopedagogía, he aprendido que el movimiento no es solo físico: es también emocional, cognitivo y relacional. Hay estudiantes que necesitan moverse para pensar mejor, para entender lo que sienten o para poder autorregularse. Especialmente en la inclusión educativa, no podemos seguir creyendo que solo se aprende sentado y en silencio.

Los niños y niñas que, al moverse, logran expresar lo que no pueden decir con palabras. Otros organizan mejor sus ideas cuando pueden caminar, tocar materiales, hacer gestos, representar con su cuerpo. Por eso creo que negar el movimiento es negar una parte de su identidad y su forma de aprender.

La neurociencia respalda esta idea. Estudios sobre el cerebro en movimiento han demostrado que el aprendizaje kinestésico activa áreas cerebrales clave para la memoria y el procesamiento emocional. Incluso la neuroplasticidad –ese proceso tan poderoso por el que el cerebro se adapta y cambia– se potencia cuando se integran el cuerpo y la emoción en el aprendizaje.

Además, permitir el movimiento en el aula no solo beneficia a quienes lo necesitan más. También promueve una cultura de respeto por la diversidad, porque deja de haber una sola forma de estar, de aprender, de ser. Se abren nuevas posibilidades, y con ellas, nuevos vínculos.

"El cuerpo también aprende: incluir el movimiento es abrir caminos donde antes solo había sillas alineadas."